martes, 2 de noviembre de 2010

EL P. ADOLFO NICOLÁS, S.J., GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, VISITA EL COLEGIO



El pasado día 27 de Octubre el P. Adolfo Nicolás, S.J., Padre General de la Compañía de Jesús, visitó el Colegio y tuvimos una conferencia titulada "En el corazón de la misión". Tras la misma acudimos a la Eucaristía que concelebró con muchos de los padres jesuitas residentes en Valencia.

Carlos Precioso Estiguín (Prom. 1982) nos resume el mensaje que el P. Nicolás nos dejó en la conferencia:

Cada mañana, desde que nos despertamos, tenemos que decidir, optar entre diversas alternativas que se nos plantean. Unas, triviales e intrascendentes; otras, enjundiosas y delicadas. Nuestra vida es, en sí, pura decisión.

El problema de la decisión (creo que es justo denominarlo “problema”, dado que frecuentemente la necesidad de optar se vive con ansiedad) afecta a cualquier ser humano. Pero, en el cristiano, al estar voluntariamente sometido a los preceptos que emanan de la doctrina de Cristo, la cuestión reviste características singulares que convierten algunas disyuntivas en verdaderos retos difíciles de administrar y que comportan un alto grado de padecimiento moral. Y es que no siempre es fácil transigir y, aunque la filosofía cristiana contiene un núcleo de conceptos básicos que, por universales, pueden ser objeto de un amplio consenso, sin embargo, en su praxis, pueden no ser entendidos y generar confrontación y fricción con otras personas.

En las situaciones más complejas, algunos acuden a las Escrituras, esperando hallar en ellas la respuesta. Pero, en no pocas ocasiones, nuestra propia confusión junto con el insuficiente dominio que podemos tener de los textos bíblicos, de sus géneros literarios, de su hermenéutica, hacen que el creyente no encuentre la iluminación que busca. Entonces, otros, confiando la empatía y la interacción humana, recurren al sacerdote, esperando que él sea el depositario de la solución, de las palabras y del consejo oportunos, de ese “bálsamo de Fierabrás” que aliviará definitivamente nuestro espíritu torturado por el dicífil trance frente a la que nos encontramos.

La cuestión -que no es baladí- viene a colación de la pregunta que, desde el auditorio, se le formuló al P. Adolfo Nicolás, 30º Prepósito General de la Compañía de Jesús, en la charla que sostuvo con personas próximas a la misma, ayer, día 27 de Octubre. Quien la formuló, antiguo alumno de la Compañía, inquiría sobre las pautas o directrices que los jesuítas podían darnos a quienes pasamos la niñez y parte de nuestra juventud en sus aulas, ante las dificultades que los tiempos presentes nos plantean.

El General, tras recordar las inspiradas palabras del P. Arrupe, cuando en 1.973, definió el papel de la Compañía de Jesús en formar “hombres para los demás”, admitió que la orden no tiene las respuestas. O, con mayor precisión, que no hay respuestas preestablecidas.

Pero, tras ello, y a lo largo de su exposición y posterior homilía, el P. Nicolás aludió al discernimiento -una de las piedras de toque” del carisma jesuítico-, definiéndolo como la confrontación o contraste “de la realidad con el Corazón de Dios”, en el que sin duda el cristiano hallará la respuesta. Hemos de entender el discernimiento como una operación preferentemente anímica, pero no sólo; no desde una perspectiva quietista y contemplativa, sino como un análisis en términos de fe que nos obligará a actuar en una determinada dirección.

Por tanto, ante los no pocos problemas de la vida, debemos, primero, discernir, en el sentido apuntado; después, decidir; y, por último, actuar, acciones que diferencian claramente al cristianismo de otras formas de entender la relación con Dios, marcadamente más impasibles.

Como criterios auxiliares en los momentos de decidir y actuar el Padre General hizo mención de dos elementos propios y fundamentales de la espiritualidad ignaciana.

El primero de ellos hunde sus raíces en Deuteronomio 30, 15-20:

Moisés habló al pueblo, diciendo: - «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para conquistarla. Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a el, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres Abrahám, Isaac y Jacob.»

Consiste, pues, en decidir por la vida, claramente y sin ambages. Algo especialmente difícil en esta era que demasiadas veces rinde tributo a la muerte y que siempre opta por sacralizar la banalidad en perjuicio de lo que es verdaderamente trascendente; algo que, por tanto, deviene hoy tan fundamental e ineludible como lo fue en tiempos del Deuteronomio o en tiempos de San Ignacio: en cualquier situación, escoger aquella que mejor defienda la vida.

Una vez que hemos optado por la vida, debemos asumir la cruz, como hizo el Hijo de Dios, precisamente para ser testigos de su misión salvífica, que queda afirmada como consecuencia directa de la resurrección de Cristo (como escribe San Pablo (I Corintios 15,14), “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”. Cargar con la cruz implica decir “sí” a Jesús, seguirle y aceptar confiadamente la suerte que creer en Él nos suponga, los sinsabores que la práctica sincera de la doctrina evangélica pueda comportar en este mundo que aún dista de ser la Ciudad de Dios.

Con esta doctrina, que el P. Nicolás se encargó ayer de recordarnos a quienes nos reunimos para escucharle, decidir no se hace fácil y dulce: pero se hace posible. Y sobre bases seguras.

Valencia, a 28 de Octubre de 2.010
Carlos-A. Precioso Estiguin

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